lunes, 30 de diciembre de 2013

MADRUGADA DE VIERNES



MADRUGADA DE VIERNES   
            El día fue apacible, nada hacía presagiar que la llegada de la noche traería la tormenta. En la avenida, las veredas exhalaban intensamente, mientras ríos de lluvia negra rebasaban los acueductos. El cuerpo de Montse se derramaba como se vaciaba la ciudad. Un relámpago, un agudo dolor, un fragor, una sucesión interminable de astricciones.

          Como el aguacero, todos sus fluidos se alborotaban como torrente subterráneo, dirigidos por el pequeño Pol que, con las manos cerradas, conducía la pugna por salir. Sumergido en su alberca de líquido acuoso, deseaba fragmentarla. Montse inducida por las fuertes contracciones blasfemó:

– ¡Deja de zarandearme pequeñajo!
– ¡Me cache en la mar! y luego apretó los labios para no gritar. Organizó el bolso y llamó un taxi.

            Salieron de la casa en Carrer Mestre de Cubelles, 50 minutos separaban de la pequeña ciudad a la gran urbe de Barcelona; eran las tres y treinta de la madrugada y el taxi no corría, volaba. En la calle los demás autos eran conducidos prudentemente, la lluvia era intensa, pero los gritos desesperados de Montse obligaban al conductor a pisar el acelerador. Pol y Montse disputaban minuto a minuto, a ver quién podía más.

        Torbellinos de carne y agua hacían mover su vientre en una danza dolorida.  Sangre enfurecida y un sonido como de volcán en erupción, ruidos extraños indicando que algo no estaba bien. 

            –Mama mía...
            –No me diga que se rompió la fuente.
            –Pues creo que sí. Lo siento.  
            – ¡Porque tiene que pasarme esto! Es la última vez que permito que una parturienta suba a mi taxi.
            - Exclamó el taxista.
             
      Se desplazaban con una rapidez de carrera de autos y dejaban a todo el mundo atrás. Una sustancia gelatinosa recorría las piernas de Montse como un húmedo hilo.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

LA NAVIDAD Y LOS REYES MAGOS



LA NAVIDAD Y LOS REYES MAGOS

 Recuerdo las vivencias de mi infancia y emergen tiempos felices, otros más tristes.
Coexistíamos once personas, éramos una familia numerosa. Evoco aquella casa que cambiaba de color según la disponibilidad de la “libra”, (el billete más trascendente de ese tiempo) desde el blanco, verde, celeste, hasta un azul intenso, era de tres plantas, edificada por papá con considerable esfuerzo a través de los años, los ocho dormitorios y cinco lavabos (baños) repartidos en toda “la residencia Mideros”, levantados para evitar las continuas disputas que generábamos cada vez que buscábamos “privacidad” o que coincidíamos en bañarnos al mismo tiempo.
Después de algunos años cuando volví a ver nuestra vivienda, esta, lucía como antaño.
Rememoro aquella escalera que conducía a la segunda planta, nacía entre el comedor y el salón, reformada en varias ocasiones con delgadas gradas, barandilla de listón matizada de castaño oscuro, puertas de madera pintadas color caoba ya desgastadas por el uso continuo, los marcos de las ventanas de fierro de color rojizo, sencillo, sin suntuosidades. El salón adornado con el televisor marca Imaco de cuatro patas, pesado y grande, que no solo entretenía al clan, también era diariamente la manzana de la discordia por la variedad de gustos al momento de elegir tal o cual serie. La radiola de pino Philips, los discos de carbón de 45 y 33 revoluciones por minuto, se utilizaban los días festivos para las celebraciones de cumpleaños, fiesta de la independencia, de fin de año, también para que mis hermanas demostraran su talento en el baile, aprendían los bailoteos que veían en la tele en blanco y negro. En ese espacio nos encerrábamos, mis hermanas para imitar a los grandes del cine, de la farándula mundial, dar vida a las "Chicas del Can", nosotros para remedar las acciones de las películas del oeste. Asimismo, había un sofá de tres cuerpos que algunas veces se destinaba para dormir, dos sillones unipersonales y una pequeña consola de centro.