¨LA TÍA ABUELA Y LA CASA DE LOS ESPÍRITU

LA TÍA ABUELA Y LA CASA DE LOS ESPÍRITU
"Desde la niñez y los recuerdos abre sus páginas este libro de relatos de Arturo Ruiz-Sánchez que nos lleva en ruta de triunfos por senderos de la selva"

Descripción

LIBROS DE CUENTOS Y RELATOS:
“LA TÍA ABUELA Y LA CASA DE LOS ESPÍRITU”
“Desde la niñez y los recuerdos abre sus páginas “La Tía Abuela y la Casa de los Espíritu”, libro de relatos del poeta y narrador Arturo Ruiz-Sánchez, que nos lleva en ruta de triunfo por senderos de la selva peruana, en un compás de narraciones, herencia de leyendas, secretos, mitos y tradiciones que viven eternas a través de descendencias, haciéndonos partícipes de sueños, luchas, misterios y realidades”.
El alto estilo narrativo de Arturo Ruiz-Sánchez, resplandece en su plena extensión, luciente, fácil, en andares por trochas primarias, donde nos hace meditar. La frase evocativa salta y expone su sentir. Allí, el narrador nos brinda las emociones de sus vivencias.
La entrañable Tía Abuela, plantó semillas de fuerza y dulzor en el narrador: Su ejemplo revela facetas impresionantes de cómo ella logró unir el trabajo rústico a la brillantez exquisita de la poesía, echando tintes en lo que hoy es la voz de Arturo Ruiz-Sánchez.
Relatos de amplio pensamiento y sello artístico, cautivante al lector, loanza a la tierra, puñado de recuerdos fecundados en el tiempo, pintura de Fausto paisaje desde las montañas hasta lo profundo de las aguas…
”La Tía Abuela” es un regalo de aliento natural, como cesto de rosas montaraces.

COMETA BANDERA (BARRILETE)

3 de agosto de 2014 a la(s) 13:23
                          COMETA BANDERA
                             (BARRILETE)                           



Julio, séptimo mes, vacaciones de medio año. Adriano Charpentier estaba feliz. Pronto se celebrarían las fiestas patrias. La ciudad festiva sonreía al invierno limeño. Se tiño de gris la atmosfera, el sol escondió sus colores y una fina garúa bañaba tímidamente pistas y veredas. El auto devoraba distancias rumbo a la zona sur. Adriano regresaba a casa por unos días. Su padre le comentaba, una que otra sorpresa agradable por sus calificaciones en el colegio internado...

 Adriano bajó el cristal de la ventanilla del auto, se deleitó con la brisa fresca del día; en las alturas cometas multicolores le daban una pincelada singular a la desabrida estación. Las calles y sus hierbas se cubrían del rocío, a su vez, estas nutrían las hojas en pequeños brotes tiernos. Su mirada inquieta, curiosa, era cómplice del frío y de las cansadas florecillas. El auto marchaba raudo al jirón las gaviotas; sus árboles desnudos le acercaban al calor de sus recuerdos, los pajarillos se posaban pacientes en sus ramas, algunos aleteando y secando la humedad con la brisa de los amaneceres; esas entrañables veredas abiertas en las miradas de noches claras de luna.


Llegaba a la casa azul descolorida, percibía el aroma grato que emanaba de las flores del jardín de mama; sobre el césped rebalsando hojas secas, caídas, como recostando el cuerpo sobre la tierra dibujando laberintos. Recordaba largas horas de fantasía, horas que se quedaron hace un buen tiempo prendadas de los surcos regados de sudores y lágrimas. Todo allí, olía a nostalgia de un tiempo, que tal vez fue mejor.

Detrás de la ventana del salón advirtió la presencia de su madre con la cara morena, color canela clara, ojos aprisionados por sus pestañas negrísimas, sus mejillas en armonía con la nariz, sus labios delgados, silenciosos, dibujando palabras tras el cristal, enviándole besos... Con los brazos extendidos esperando un abrazo fusionado, Adriano grabó ese hermoso gesto de amor.


Aquella tarde de su llegada, la garúa golpeaba con fuerza los cristales de su extrañada habitación; afuera aun se observaba una distraída cometa multicolor, pensó que le gustaría tener una. El sol estaba apagando de repente su luz, las nubes parecían llorar desconsoladamente. Le gustaba sentir el frío de los cristales mientras llovía, limpiar con sus manos el vaho de su aliento al acercarse, mientras sus dedos seguían el paso de cada gota que se resbalaba lentamente...


Aquella noche estaba inquieto y curioso, observaba a su padre transformar la caña amarilla (el bambú), dándole forma, desgastando los bordes para convertirle en cuatro palos; luego continuó atando cada pieza con hilo, sujetando fuertemente, uniendo cada extremo para darle forma de alguna figura geométrica. Por cada avance Adriano brindaba !hurras!  El armazón vacío esperaba ansioso su vestimenta colorida. Tijera, papel seda y pegamento fueron suficientes para vestir a la bandera cometa. Se envolvió con el papel, doblando, pegando en las orillas de las cuerdas. Usando ropa desgastada se fabricó una cola larga. Todos en casa celebraron con sonoros aplausos cuando quedó terminada la primera famosa "bandera-cometa". Su padre satisfecho por su labor disfrutaba de las alegres sonrisas de Adriano. La noche del sábado nadie pudo dormir.


Era domingo, muy temprano, el día maravilloso, brillante, festivo; todos pensando en  la caminata planeada la noche anterior. Cantimploras, binoculares, gorros, pitos, cuerdas, cámara fotográfica, refrescos y "sándwich" completaban la lista de necesidades. Ansiosos y nerviosos partieron a la campiña de la zona sur de la ciudad; la meta a consolidar era llegar a la cima de un cerro muy alto. El trayecto fue largo, dejaban atrás arena y mas arena.

Su padre relatando la historia de la guerra del pacifico que nutria la inventiva de Adriano ayudaba a que el recorrido sea más divertido. Por fin, llegaron hasta lo más alto; reconocieron el lugar, con los binoculares admiraron la ciudad que se veía pequeña desde esa altura, el horizonte era inmenso, el mar parecía tan cercano. La máquina fotográfica se trasladaba de mano en mano para la sesión de fotos colores sepia. Las mejillas de Adriano enrojecidas por el sol y la brisa del invierno…


Adriano y la bandera cometa no pudieron esperar más, en un arrebato emocional Adriano alimentó de hilo la apetencia de su voladora amiga, esta se elevó entre las blancas nubes. Adriano sonreía complacido, había perdido el temor del primer momento al ver a su inmensa y pesada amiga, creyó que también se elevaría con ella. Adriano enceguecido por el brillante sol confundía a su bandera cometa con algunos pájaros que revoloteaban alrededor; ella a su vez golosa se deleitaba en las alturas y pedía más hilo. Adriano feliz con su engreída le brindaba más y más. El soñaba que se elevaría en el aire.

Adriano sintió la fuerza del viento, no pudo contener el ovillo, la bandera cometa consumió todo el carrete, no quedó satisfecha y se desprendió abruptamente de las manos de su asustada mirada y se elevó muy alto hasta el cielo...


Adriano tendió su último pañuelo de julio, empapado de gotas de sus ojos recordando a su colorida amiga. Escuchó a su padre prometerle una nueva bandera cometa, él pensó que el próximo año llegaría pronto. El tendería más pañuelos en las nubes, sobre el viento. Recordó la inolvidable voz de la primavera sin promesas de amigos que duren un solo día.

Julio terminó, sin mentiras, sin metáforas eternas, sin fronteras. Adriano Charpentier tenia que regresar, se despidió con la voz de otra llovizna, observó el jardín, vio a sus amigos más cercanos, más reales: las hormigas que se hundían en el aroma de la tierra mojada… antes de decir adiós, hasta pronto.                                                                    Arturo Ruiz-Sánchez   

Portada del libro: "LA TÍA ABUELA Y LA CASA DE LOS ESPÍRITU"Portada del libro: "LA TÍA ABUELA Y LA CASA DE LOS ESPÍRITU"




PRIMER APARATO DE TELEVISIÓN


        Cuando el hombre por primera vez llegó a la luna escuchamos por la radio aquella hazaña. La televisión en blanco y negro llegó días después a Iquitos, pequeña ciudad de la Amazonía. Mi padre había sido designado a esa ciudad para comandar un puesto fronterizo en una zona intrincada de la selva…
        Subimos las escalinatas del avión el último día de marzo de mil novecientos sesenta y nueve.  No perdernos era la consigna castrense que había dado papá minutos antes de subir a bordo. Mamá nos vigilaba atentamente con la ternura y el cariño tan habituales en ella. Iquitos, ciudad del oriente peruano.
Conocerla despertaba en mi una curiosidad y emociones singulares. Obviamente me tocó experimentar sentimientos encontrados. Dejaba atrás mi niñez y sus recuerdos, amigos, tíos, primos, la casa azul y la ciudad de aquellos años maravillosos.
Al tocar tierra sentí los rigores del clima netamente tropical, respiraba aire caliente y la humedad me agobiaba; desde ya presagiaba que pasaría muchas dificultades para adaptarme.
         Los pueblos de la selva encierran una serie de secretos, tradiciones, historias y mitos que transmiten los habitantes y que en ese entonces nutrían mi inventiva. Los árboles son muy altos, da la impresión que tocaran las nubes, estos se confunden entre sí con ramas, arbustos, lianas y espinas. La tierra es húmeda, rojiza, en algunos lugares fangosa. La selva te acaricia, sientes que te abraza y te sensibiliza. A lo lejos el horizonte es verde y se une con una línea azulísima… El pueblo no era grande, había muchas casas de madera, otras tantas de ladrillo adornados con azulejos en clara influencia portuguesa de la época del caucho. Los techos eran de palma de los aguajales con caída de agua, otras de tejas rojas. El polvo de sus calles, sin veredas, ni pistas, solo tierra rojiza y arcillosa. Al llegar al pueblo nos alojamos en casa de la Tía Abuela. La casa era grande, de ladrillos rojos, de una sola planta con techo de tejas, muy espaciosa como tantas del lugar. La parte trasera me agradaba, se distinguía del resto de la casa. Era el huerto. Había inmensos árboles que nos regalaban sombra y nos brindaban frutos silvestres como: mameyes, zapotes, caimitos, huitos, parinaris, taperibas, cidras y otros tantos que fueron parte de mi dieta.
          Me gustaba ver y sentir la lluvia, eran verdaderas tormentas. Los amplios ventanales de la casa me daban el privilegio de tan singular escena. Disfrutaba el placer de mojarme, de abrir de par en par esas ventanas, aún con el riesgo de que los mosquitos entraran a las habitaciones y tuvieran un banquete con extraños recién llegados. Me dormía algunas veces relajado con esa sensación sonora de escuchar y sentir la lluvia caer en los tejados. Cuando despertaba, aún estaba intacta en mi memoria aquella percepción de sentirme transpirado y oler la tierra húmeda, caminar por el huerto y ver las raíces de los árboles tan grandes que salían de la tierra y dejaban a la vista nidos de hormigas negras y rojas que fueron objetos de mi curiosidad y juegos. En aquellos días descubrí el encanto de los atardeceres profundos y los amaneceres tan peculiares de la selva; experiencias que me permitió conocer, apreciar y acariciar la naturaleza.                     
      A principio de Julio de ese mismo año la noticia de que instalarían una repetidora de televisión en la ciudad fue un acontecimiento singular, una novedad que todos los habitantes del lugar comentaban. Era como un regalo en las celebraciones del aniversario de la independencia de Perú. Efectivamente algunas semanas después se hizo realidad el sueño de los pobladores. La primera familia que tuvo un aparato de televisión en el famoso barrio de Versalles fueron los Agnini, personas muy conocidas en el pueblo. Decían las malas lenguas que eran “narcos”. Obviamente en aquel lugar nadie estaba protegido de esa arma letal: las lenguas viperinas y cotilleos, vaya uno a saber si era verdad.
       Tenían la casa más moderna y la más grande del lugar, de dos pisos. En la azotea, una terraza que permitía admirar un hermoso parque. Las paredes de la fachada estaban adornadas con azulejos; tenían amplios ventanales con persianas y cortinas en una armonía precisa. Habitaciones grandes y ventiladas, piso de parquet. El salón reluciente estrenaba muebles de “Canziani”, la mejor mueblería de  la capital. El comedor espectacular presumía una mesa de cedro y 14 sillas, según el dueño de casa de estilo renacentista. El cielo raso sujetaba con elegancia lámparas de techo de la luz eléctrica. En el centro de la casa un jardín impresionante donde resaltaba un estanque con una cascada de agua adornada con bombillos multicolores.
!Eso! pude rescatar de todo el recorrido por los ambientes y que el orgulloso dueño enfatizaba de su casa nueva.
          Fue un domingo de julio en el invierno de la Amazonía (que ironía) particularmente para mí todo el año era verano, la diferencia que en ese mes el sol del mediodía verdaderamente duele, los rayos solares sobre la piel dejan sentir toda su fuerza de cuarenta grados a la sombra, la humedad es agobiante. Los aires acondicionados en aquellos días brillaban por su ausencia, solo algunos ventiladores ayudaban a paliar las intensidades de esos calores.
         Y se inauguraba la estación de televisión del pueblo y por lo tanto la familia Agnini estrenó el aparato. Fue un día memorable. La casa se desbordó de tanta gente, otros pugnaban por entrar. Los vecinos se pasaban la voz unos a otros. Todos vestían sus galas domingueras. Camisas y blusas almidonadas, pantalones y vestidos bien planchados, cabelleras peinadas, algunos lustrosos con gomina, muchos descalzos con pies callosos y anchos.


Lo que más recuerdo de ese memorable acontecimiento: Gracias a la gentil circunstancia del estreno y ante tanta agitación me atreví a dirigirle la palabra a Carmina, una chiquilla preciosa y encantadora que se dejo seducir por el misterio de un recién llegado. Ella me regalaba furtivas miradas y sonrisas que me hacían soñar. Aquel día además de una larga conversación donde obviamente “coincidíamos en todo” nos olvidamos del estreno, del alunizaje y de la celebración del día de la independencia de Perú. Aquel día por vez primera unimos nuestros labios ansiosos de ese encuentro…
Estrenaba novia en mi nuevo barrio y el dueño de casa en un arrebato de caciquismo y con un aburrido discurso, inauguró el primer aparato de televisión en la lejana Amazonía.

                                              Arturo Ruiz-Sánchez



Arturo Ruiz-Sánchez , en la selva.Arturo Ruiz-Sánchez , en la selva.