martes, 10 de septiembre de 2013

SEPTIEMBRE TRISTE / RECORDATORIO



SEPTIEMBRE TRISTE

   Aquel 11 de septiembre del 2001, Celia amaneció con fiebre. Estaba durmiendo en un apartado lugar de Subway paradero 46 de Astoria – Queens, cuando una luz blanca y cegadora la despertó.
-“Hoy es el día del Apocalipsis”.
 Le anunció un compañero, también indigente que bebía vino muy cerca de ella.
- Carajo, que calor le contestó Celia.
- El fin del mundo se acerca. Continuó diciendo el hombre.
- Confiesa tus pecados, hoy es el día del juicio final.
Celia tenía la boca pastosa y le dolía todo el cuerpo. Un buen trago, eso era lo que necesitaba para engrasar su esqueleto anquilosado.
- Hey, hermano- le dijo a su compañero, ¿Me pasas un poco de sangre de Cristo? - El indigente la miro furioso.
          -“Irán todos al infierno- le contestó-, y tú la primera por blasfema”
  Y le estrujó un pecho con fuerza. Pero Celia ese día no tenía ganas de pelearse, esa jornada no. En otra ocasión no le hubiera importado darle una buena patada en los huevos. Celia estaba enferma y necesitaba desesperadamente algo de alcohol.
                   
         
Inició entonces la ruta que hacia a diario, la procesión, como la llamaba ella. En el barrio de los árabes de Steinway había algunos bares en los que le pondrían algún vaso descartable de vino con tal de que no molestase a los clientes. Eran bares oscuros, con las paredes cubiertas de grasa donde se dejaban caer los borrachos, los viejos y algún que otro paria sin hogar.

Celia los recorría todos, siempre en el mismo orden, y bebía lo que le daban, las sobras, como a los perros. La mayoría de las veces tomaba vino y, cuando había suerte, un traguito de vodka o de ginebra. En el bar de Juan siempre le esperaba un carajillo de anís del Mono con su cucharadita y su sobre de azúcar. Era su bebida favorita, la prodigiosa mezcla que aliviaba por unos momentos su mal carácter.

Pero aquel día, ni el vino le entraba. Iba dando tumbos por las calles malolientes de esa parte de la ciudad, protegiéndose como podía de un sol intenso que lo bañaba todo con una luz irreal. Había vomitado un par de veces y no dejaba de sudar. De tan espesas que eran sus lágrimas, le pareció, incluso, que lloraba sangre.
- “Carajo -se dijo a si misma-, como el Cristo de mi pueblo. Vaya puto día que tengo hoy”.
 Un carajillo, eso era lo que necesitaba, un buen carajillo caliente. Se salto un par de bares de la ruta para ir directamente por el. Pero ese día, el bar de Juan no parecía el mismo. La clientela habitual se concentraba alrededor del viejo aparato de televisión. Silenciosos y cariacontecidos, parecía que los parroquianos estuvieran velando a un muerto.

En la tele, un avión se estrellaba una y otra vez contra un rascacielos ¿o eran dos? Celia no podía asegurarlo porque estaba cada vez peor. Tampoco pudo tomarse el carajillo y tuvo que salir a la calle a vomitar. No se atrevió a volver, por lo que decidió ir hasta la próxima parada de su vía crucis, en el bar de Ibrahim, pero lo encontró cerrado.
- “Los árabes se han ido- le gritó la tendera de la frutería de al lado-
- Se les va a caer el pelo a todos esos terroristas de mierda. A la horca los enviaba yo, hijos de puta”
¿Qué le habría pasado a Ibrahim, el libanés bondadoso y barrigón que le trataba como a una princesa y que siempre le obsequiaba con una copita de arak? Tampoco le importo. En las condiciones en las que estaba, seguro que el Arak no le hubiese podido ni oler.

Volvió a la calle y se dio cuenta de que la gente que pasaba reaccionaba de una forma rara. O no hablaban o lo hacían de forma compulsiva, discutiendo sobre temas que Celia no entendía. Agarraba frases al vuelo, frases que no parecía tener sentido: “Esto puede acabar en la tercera guerra mundial”, decían, “Los de los pisos mas altos saltaban desde las ventanas”, “es lo peor que he visto jamás”…

El sol era cada vez más fuerte. Parecía realmente que aquel era el día del Apocalipsis final. Celia empezó a delirar. Dormir, solo quería dormir, lejos del sol, del ruido de los autos, de los bares atestados de gente. Entró en un cajero automático y se tumbo en un rincón. Allí podría descansar. Cerró los ojos y se dejo ir. Si, no había duda, aquel era el día del fin del mundo o, al menos, lo fue  para ella. 
                                                                 
                     Arturo Ruiz-Sánchez/ PEDAZOS DE TIEMPO.
                                          New York, 2013