miércoles, 27 de agosto de 2014

LA CHICA DE ROJO

UNA CHICA INUSUAL / LA CHICA DE ROJO
              Había dejado la Universidad, allí tuve la oportunidad de conocer mujeres de todos los colores, algunas me gustaban pero mi timidez no me permitía ser más suelto y decidido. En aquellos días tenía la adrenalina alborotada.
Y en mi primera salida a la escuela de la vida conseguí trabajo en una tienda de artefactos eléctricos; el dinero era escaso y lo necesitaba. 
El establecimiento se situaba en el centro de la ciudad, desde ese entonces aquel lugar se convirtió para mí en un ir y venir de todos los días; allí en ese espacio la ilusión de mis padres de convertirme en un gran empresario estaban precisamente durmiendo el sueño de los justos. Para variar, me gradué de eterno soñador el día que conocí a una chica vestida de rojo y a la usanza gitana. La veía pasar todas las tardes de lunes a viernes, atrevida, coqueta, luciendo su largo cabello en armonía perfecta con su piel blanca, ojos azules; caminaba luciendo gracia, porte de cinderella, oronda, derrochando lisuras; mientras yo, babeando por ella. Imaginando que la hija de Eva vestida de color pecado era capaz  de encenderme con tan solo verla pasar. Cruzaban por mi mente mil preguntas: 

¿Dónde vive? 
¿De dónde salió? 
¿Cómo se llama?  
¿Cuáles serán sus costumbres?  
¿Dónde estudia?   
 ¿Le gustaré? …
Siempre estaba sola, parecía solitaria; intercambiábamos miradas furtivas y sonrisas tímidas, mi extrema timidez no me permitía dirigirle palabra alguna, y todos los días me imaginaba diciéndole, ¡hola!
Me sentía ínfimo, ella tan bella y yo con los complejos e inseguridades del acné y las espinillas.
Era muy callado, todo eso hacía de mis días un tormento.
Su imagen me tenía enteramente sustraído día y noche, y consumía mis horas escuchando “La Boheme” de Charles Aznavour. Me dejaba llevar por mis febriles fantasías e imaginaciones;  no podía distinguir si eran producto de mis largos desvelos o realmente vencido por el cansancio me quedaba dormido y soñaba con su cuerpo que me enloquecía, además, esa sensualidad salvaje me embriagaba. 
Ese rostro de mujer, de chica de rojo metida en mi cerebro, en mis sueños e ilusiones que se perdían en el alma… 
Era como una lucha constante, diaria, de algunas semanas y siempre perdía. Estaba  en las nubes, ensayando, conjeturando lo que diría cuando la tuviera cerca; solo de pensarlo me perturbaba completamente.
En ese destierro interminable de feliz insomne, sobreexcitado deambulaba en mi cerebro la figura de la chica de rojo…

Pasé muchas tardes escasas de buenas nuevas, donde a pesar de las señas que le enviaba ni siguiera me miraba; circunstancia que me dejaba en una profunda melancolía que coadyuvaba a sustraerme de mis obligaciones en la tienda y el desanimo era total. Cuando un cliente se acercaba a preguntarme por algún producto trataba de librarme lo más pronto posible; mis compañeros solidarios acudían en mi ayuda. Definitivamente me descubrí embelesado y tenía que soportar el suplicio de ocho horas de esa tienda por tan solo verla algunos minutos.

O quizá, seria verdad,
¿Qué tenía la sangre ardiendo?
Un compañero de trabajo percibió mi desventura y me animaba a cambiar de actitud; enseñándome algunas maneras para abordarla. Habíamos urdido un plan, salir del trabajo y seguirla…
Unas de esas tardes, cuando estaba perdiendo las esperanzas de que se fijara en mí, la chica de rojo me brindó una sonrisa, gesto que convirtió aquella hora en un gratísimo momento. Al día siguiente tuvimos la oportunidad de hablar con soltura, ella decía que por ahora su trabajo era muy importante; su padre había abandonado el hogar hacia algunos años y no le quedaba otra opción que la de ayudar a su madre en la manutención de sus hermanos menores.
Fue la única ocasión que tuve de hablarle, aproveché la coyuntura para  confesarle ardorosamente mis sentimientos, quien con una sonrisa tímida y tratando de no lastimarme, me dijo:
    -Lo siento, pero por el momento no estoy preparada para una relación.
Luego, sin decir más palabras se alejó, dejándome más aturdido que cuando descubrí que me había flechado…

Los días siguientes fueron sombríos. La chica de rojo no volvió a cruzar por la tienda. No la vi más. El gerente del establecimiento amenazó con despedirme si no mejoraba el resultado en el trabajo, mis compañeros trataban por todos los medios de que me concentrara en mis labores, nada lograba que cambiara mi actitud. 
Miguel, un compañero inexperto como yo en cuestiones del amor, me dijo:
 - Tienes la adrenalina alborotada.  Y además: 
 - Yo tengo la cura para ese mal.
“Por esos caprichos del destino mi compañero se ofreció a llevarme a calmar mis ímpetus y a tranquilizar mis hormonas”. 
Efectivamente, Miguel una tarde cualquiera después del horario de trabajo dijo:
 -  Tengo la dirección de un lugar para ir a follar, chicas para escoger. Es un burdel con hembritas riquísimas.
 -  ¿Quieres ir? preguntó,
Le dije que no estaba preparado para ello; él en tono irónico:
  - ¿Sigues pensado en la chica color carmín? Continuó diciendo:
 -  No seas boludo, necesitas relajarte.
No hice mucho esfuerzo para negarme, le dije que iría solo por acompañarlo.
Y bueno, no muy convencido decidimos ir.
Caminamos algunas cuadras, a esas horas las calles estaban muy concurridas. Llegamos a un edificio vetusto, aparentemente de oficinas, subimos por las escaleras hasta el cuarto piso; un negro alto y robusto fungía de vigilante, nos pidió identificación (En el Perú a los diecinueve años eras todo un ciudadano y podías ejercer cualquier actividad). 
Le mostramos el documento nacional de identidad y todo resuelto; recorrimos por un pasadizo angosto, algo sombrío, hasta llegar a una puerta cerrada que al sentir la cercanía de nuestros pasos se abrió de par en par; una luz tenue y rojiza nos recibió, era un salón grande, espacioso; ventanas vestidas con cortinas de pliegues. En la pared cuadros de mujeres desnudas, un sofá de tres cuerpos, dos sillones y un escritorio, como mobiliario. Una voz suave, femenina, casi imperceptible, nos invito a entrar:
   -Adelante muchachos.
  Entramos, a lo lejos se escuchaba una balada de un cantante español; en el ambiente bañado por una luz rojiza, percibimos a una mujer mayor, nos miró de pies a cabeza; sonriente y con malicia nos preguntó:
   -  ¿Cuántos años tienen?                
Eran evidentes nuestros rostros nerviosos y juveniles, 
   -  Diecinueve, le dijimos al unísono. 
 Ella volvió a sonreír y dijo:
   -Tienen a alguien o prefieren antes observar y luego decidir. 
Le dijimos:  
   -Queremos ver que encontramos. 
Ipso facto, nos señalo un pasadizo previo pago de S/. 100.00 soles.
Los nervios me traicionaban, era la primera vez que visitaba un burdel... traté de que mi amigo no notara mis miedos, habíamos caminado por un pasillo con puertas entreabiertas mostrando mujeres desnudas en una pugna por ganar clientes. 
Mi amigo se decidió muy pronto por una de ellas; se despidió acordando que nos veríamos mas tarde en el salón; y dándome una palmada en el brazo para que perdiera el temor, como si presintiera que era la primera vez que usaría los servicios de una "prestadora", me dijo:
    -Tranquilo, "dale campeón".

 Era difícil olvidarme de esa chica que ocupaba mis pensamientos, hasta en ese lugar de comercio carnal no podía desprenderme de su recuerdo y así sumido en mis desvaríos, tratando de decidirme o elegir a alguien.
Quedé algunos segundos absorto en mis pensamientos antes de seguir recorriendo el ambiente hasta que llamó mi atención una figura conocida, quedé congelado… era la chica color escarlata.
Estaba allí ante mis ojos; fue un instante de desorden en mi cerebro, me sentí desfallecer, incrédulo lo que mis ojos veían, descorazonado; mis fantasías e ilusiones rodaban por un abismo, sentí vértigo y un dolor desconocido que me traspasaba el alma.
No sé en qué momento me recuperé de ese estado; admito que percibí su sorpresa, quizá desconsuelo y turbación. Descubrí que no le era totalmente indiferente. Tal vez de tanto mirarla había conseguido que ella también se inquietara por mí.   
 Después de recobrarse me miró fijamente, sonrió, creo que nerviosamente;  eso me animó a acercarme, me tomó de la mano y dijo:
    -  Entra.      
Ingresé a una pequeña habitación con una cama de dos plazas bien arreglada;  además, había una mesa y sobre ella, cremas y demás artículos de higiene personal; el silencio era total.
Entramos al lavabo y dijo:
    -  Desnúdate.
  Me lavó el pene con agua y jabón, presionó mi glande, y dijo:
    -  Que todo estaría bien. 
Mi nerviosismo era evidente, no sabía qué hacer.
Ella, obviamente experimentada en esos menesteres, habló trivialidades que me ayudaron a entrar en confianza. En ese momento me percaté de su belleza desnuda; brazos, hombros y pechos con muchas pecas, senos grandes, duritos, hermosos, palpitantes; pezones sonrosados que incitaban a pecar.
Me abrazó e inició su labor acariciándome y besándome los bíceps, luego lentamente recorrió todo mi cuerpo; sus labios besaban mi cuello, abdomen, ombligo, muslos, piernas; prolongó sus caricias en mi sexo. 
Mi falo permanecía flácido a pesar de su fuerza de voluntad y constancia; lo manipulaba intensamente y no sé en qué momento introdujo mi virilidad en aquella boca, motivo de mis sueños; lo succionó y sentí los rigores de sus labios, mi pecho reacciono vigorosamente; pensé que algo dentro de mi quería desbordarse, me retiré; él estaba erecto, fuerte, viril;  ella lo calibró y dijo:
    -  Esta riquísimo. 
Me empujó suavemente hacia el centro de la cama cuyas sabanas rosadas emanaban su olor; se acopló sobre mí, acomodó mi sol en su intimidad y sentí que entraba hasta sus entrañas. Lentamente empezó a cabalgarme, luego con ímpetu; experimenté sensación de espasmos, de júbilo y la amenaza de un placer desbordante…
Regresé algunas veces al lugar donde la encontré.
 No volví a verla. Ella dejo de transitar por esa acera todas esas tardes y yo la recuerdo aun…
Con ese andar de gitana, su porte de cinderella y su vestido rojo.
                         Arturo Ruiz-Sánchez/PEDAZOS DE TIEMPO
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