lunes, 17 de febrero de 2014

DÍA DE SAN VALENTÍN



A  DÍA DE SAN VALENTÍN

No sé qué hacemos tú y yo, en este país tan frió, sentados en esta plaza donde no habíamos estado nunca. Un helor impropio de esta época del año se cuela entre nuestras ropas, pero apenas nos damos cuenta.
Todos los demás llevan jersey gruesos, incluso chaquetas con forro polar, pero nosotros no, nosotros vamos casi a cuerpo. ¿Recuerdas? Si no fuera por mamá, que siempre iba detrás de nosotros cargada con los abrigos, nos hubiésemos muerto de neumonía antes de llegar a la adolescencia.
 Pero ahora estamos solos en este país, “ella tan lejos”. “Ya no hay nadie que nos eche una chaqueta por los hombros”. El poco calor que nos queda se nos escapa por la boca. La mamá tiene la tristeza cerca, por la partida de papá al descanso eterno, además por ese lamentable silencio absoluto que la limita.

¿Recuerdas? cuando podía oírnos, participaba en nuestros  juegos de infancia y después de comer nos exigía lavarnos los dientes. Nuestro aliento, sin embargo, ya no huele a croquetas de atún. Ahora somos  hombres y olemos a lo que suelen oler los hombres, a loción de afeitado, a cuero. Ni siguiera nuestras manos parecen las de entonces. Nudosas y oscuras, nada queda ya de aquellas madejitas de lana, como decía mama, tan torpes y gordezuelas.

¿A partir de ese momento dejamos de ser niños?
¿Cuándo nos arrancaron el uno del otro? hace tan solo unos años estábamos hechos de la misma carne, ahora todos los hermanos estamos tan dispersos, y ahora somos como extraños que intentan remendar sin éxito, esa membrana transparente que nos mantenía unidos.

De nuevo se te llenan los ojos de lágrimas. Me das unas palmadas en los hombros y algo se me rompe dentro, sin gran estrépito, pero causando un dolor extraño, como si un líquido corrosivo se derramase por mis venas. Quisiera explicarte como me siento, pero no sé cómo hacerlo  y creo que te interesa poco.

Quisiera preguntarte por tus cosas, pero te enclaustras en ese mundo tan tuyo; entiendo por lo que estas pasando, debe ser difícil soportar toda esa carga existencial. Quisiera me consideraras tu amigo y poder conversar como solíamos hacerlo.  Hace ya mucho tiempo que dejamos de hablar en nuestro idioma secreto. Ahora, una vez nos hemos interesado por nuestro estado de salud y comentando los últimos resultados de nuestra alicaída selección de fútbol, ya no sabemos que más decirnos. Es entonces cuando empiezan los suspiros, las rápidas miradas al reloj y las expresiones vacías como “bueno”, “que tarde se ha hecho” o “pues nada”.

Me  pregunto si a todos los hermanos les pasara lo mismo. Es posible, pero nosotros no éramos como los demás, nunca lo hemos sido, ni siguiera ahora. Seguimos siendo especies raras, animales extraños que no encuentran acomodo en ningún lugar. Sé que a ti te pasa lo mismo que a mí. Es como si, al separarnos, nos haya faltado siempre una parte de nosotros mismos. Desde ese entonces, hemos estado buscando ese miembro seccionado, a veces desesperadamente, cuando hubiese sido tan fácil llamarnos por teléfono y hablar de nuestras cosas, como hacíamos antes.

Puede que ahora sea un buen momento para volver a poner las cosas en su lugar, ahora que las campanas tocan a soledad, su tañido  lastimoso pero falso, como de opereta hace que todo el mundo se dirija hacia nosotros.

-          Todavía hueles a croquetas de atún – te digo.
-           ¿A las croquetas que hacia la mamá? -Me preguntas.
-          Si, en la vieja cocina de gas.

Recuerdo aquella vez que decidí viajar al norte, vi su rostro y me lanzaba besos a través de la ventana, y esa expresión dibujada sobre su carita, me hizo pensar que era su regalo, un gesto de amor que aun no puedo olvidar. Ella se despedía con la dualidad de la tristeza y alegría, con los ojos aprisionando lágrimas, resbalándose lentamente por las mejillas simétricas al eje de su nariz y esas pestañas tan largas, largas como brazos extendidos, quizá, esperando un abrazo. Sus labios delgados, aún en completo silencio me siguen dibujando palabras…

Me sonríes, y yo te devuelvo la sonrisa. Nos levantamos, y en la complicidad de estos copos blanquecinos y los vientos gélidos de invierno, nos dirigimos a vuestra casa, este viernes será el  Día del amor y de la amistad, también, es el día de la fraternidad, reconciliémonos, también, es el día de la reconciliación con nuestra madre. Estaremos recordándola... “Por favor, no puede oír, pero si lee, ella estará contenta, si le escribes algo”. 
¡Feliz Día de San Valentín!

                                           Arturo Ruiz-Sánchez/PEDAZOS DE TIEMPO
                                                   Elizabeth, NEW JERSEY.
                                           www.arturoruiz-sanchez.blogspot.com