miércoles, 16 de octubre de 2013

LAMENTOS



LAMENTOS
 Recuerdo aquella noche de luna llena. Las casas y edificios adornados por las festividades de fin de año. Tú y yo en el coche mientras atravesábamos Manhattan. El recorrido lo hacíamos sin pronunciar palabras, únicamente la voz romántica de Charles Aznavour rompía el silencio. Escuchábamos la señal de la radio y nuestra respiración cada vez más entrecortada.
Calles y mas calles vestidas de noches: Canal st, Franklin, Chambers st, Spring, Charlton st…Los faros de los coches eran puntos de luz convertidos en líneas continuas, estelas de estrellas fugaces que apenas duraban un segundo. Me gustaría decir que te besé, que acaricié tu mano o que te lancé miradas sensibles, pero no hubo nada de eso.  Me atrevería a afirmar que solo recuerdo el olor a ciudad extraña, el frío intenso y tu complicidad callada.
Íbamos a tomar una copa en un restaurante del barrio de la pequeña Italia, pero diste un giro brusco, repentino, y cambiaste de dirección. Así fue como supe que nos dirigíamos a tu casa en Steinway st. Astoria, Queens, y mi corazón se aceleró sin control.
Llegamos hasta tu apartamento, angosto y desierto como un poema triste. Nos instalamos y brotaron nuestros deseos.
Mis cabellos se convirtieron en el bosque de tus dedos. Anduviste un paso hacia adelante, tus manos seguían acariciando mi cabeza, y el suelo de madera antigua, crujía, como quejándose. Tus ojos azules me miraban fijamente, yo trataba de descifrar esa actitud, tal vez era una clave que no deducía. Bajé la mirada y tú seguías observándome sin decir nada.
Segundos eternos y ese beso, esas caricias que no se repetía como aquella noche en ese instituto español.
Volví a acercarme a ti, esta vez te alejaste. Un remolino en tu pelo delataba una caricia apresurada. Diste un paso, tus piernas misteriosamente tropezaron, el suelo volvió a quejarse pero esta vez como aliviado. Te perdiste en la oscuridad y un portazo brusco me dijo que no te siguiera.
Me sentía solo y perdido en el centro del salón vacío. Abrí la boca pero mi voz se colaba a través de mi garganta. Busqué refugio, y las paredes descoloridas giraron a mí alrededor sin dejarse tocar. Un sillón sucio y desvencijado me acarició tímidamente como queriéndome brindar cobijo. Me hundí en él, y esperé.
Cuando finalmente conseguí pronunciar tu nombre, el ruido desafiante de la cadena del retrete sugirió que quizás todo había terminado. Un minuto, dos, y apareciste entre tinieblas de gélida indiferencia. De nuevo te enfrentaste a mí con el cabello todavía enredado y la mirada esquiva. En tus manos, mi maletín invitándome a salir.
Había algo en tus ojos que decía “escápate”. Estabas llorando pero seguías escondida tras tu silencio. El suelo parecía moverse como arenas ondulantes pidiéndome también que me fuera.
Bajé corriendo la escalera. Me detuve delante de tu buzón para leer tu nombre: Andorra La Bella escrito en letras gruesas. Reprimí una lágrima y me lancé de nuevo a la noche fría.
Tenía el corazón  helado. Decidí que después de esa experiencia ya nadie más fundiría la escarcha de mi aliento enamorado. Estaba nevando y las calles blancas habían borrado las huellas de las viejas promesas. Los sueños que eran dulces se habían vuelto amargos.
Una vez en casa, abracé el vacío. No eras nadie, solo aire frío y un vapor estéril que se escapaba de entre mis dedos.
Me revolví entre sábanas heladas y tan solo mis lamentos me dieron calor…
Unos años más tarde, volví a verte, pero esta vez en la pantalla de televisión.
Andorra, la bella bailadora, natural de Andorra la Vella, era, en realidad, una asesina en serie. Sus victimas eran hombres extranjeros sin parientes ni amigos en New York. Después de amarlos, los mataba y los quemaba, escondiendo sus cenizas en el viejo apartamento, bajo el suelo de madera antigua y sus lamentos.
                                 PEDAZOS DE TIEMPO/Arturo Ruiz-Sanchez