jueves, 7 de febrero de 2013

UNA NOCHE DE SÁBADO


Todo empezó un martes por la noche con una gotita en el techo de la cocina, justo encima de la nevera comprada en cuotas. Pero en poco tiempo la mancha se fue haciendo más grande y Adriano Charpentier  temía que hubiera una filtración en el techo.
El sábado por la mañana llamó a “Chávez-Castillo Construcciones”, la primera empresa que le recomendaron y cuya tarjeta de presentación prometía el oro y el moro.

 ¡Perfecto mañana a las diez!  Sí, sí, yo mismo los estaré esperando. -Ojala que realmente sea como dicen en la publicidad-  dijo un poco bruscamente antes de colgar. “Prometen eficiencia y rapidez como todos, pero después te tienen colgado dos semanas hasta que terminan. Y seguro que me sale el doble de lo que presupuesten, porque parece que hacen mal los números a propósito, para no asustar”, pensó mientras  salía con rumbo a Manhattan.
Al retornar lo primero que hizo Adriano al entrar fue mirar al techo. Ahí estaba la mancha, en el mismo lugar y casi del mismo tamaño después de un día entero aguantando las lluvias de Junio. Pero no era igual, o mejor dicho, le pareció diferente.
¿Será por esta lámpara de bajo consumo a la que todavía no me  acostumbro?, quiso convencerse. Tenía ganas de encender la tele de una vez, tirarse en el sofá a ver cualquier cosa divertida, porque los días en el ordenador se le hacían cada vez más eternos.
 Pero no hubo caso. Cada dos por tres el ojo se le iba para el rincón del techo de la cocina. Antes de las ocho ya estaba convencido de que no deliraba: la mancha había cambiado de forma desde la mañana y ahora se parecía a una mujer.
Tenía las caderas un poco anchas, el pelo largo pero apenas hasta la mitad de la espalda, la piel todavía bronceada en sesiones parejas de mar y arena. La cara no se veía muy bien, como dejando que quien quisiera mirarle rellenara el color de los ojos, el perfil de la boca y la forma de las cejas. Estaba medio acostada como las modelos de los avisos de perfume, por lo que no se distinguía bien si tenía pechos grandes o si era simplemente un juego de sombras.
 ¿Qué iba hacer, siempre solitario con una mujer esperándolo cada noche en el techo de la cocina? Por suerte ya había contactado con los de la empresa de remodelaciones.
Se quedó tranquilo pero decidió que era mejor no aventurarse en los dominios de aquella extraña. Fue directo a la nevera, en el lado izquierdo tenia  direcciones de restaurantes, de estilos y sabores diferentes.
“Que gran invento los delivery, sobre todo cuando uno tiene la cocina invadida por quienes no desea”, dijo en voz alta, a ver si la damisela se daba por aludida.
Cuando sonó el timbre, ya tenía la alicaída billetera preparada en la mesita del living. En el camino hacia la puerta de entrada del edificio se cruzó con Pedro. Aunque no eran amigos, a veces charlaban, sobre todo los viernes en la tarde. “Que no me pregunte, que no me mire con esa cara de santo envalentonado, que encima me voy a tener que comer  la burla por estar siempre despotricando contra los que compran comida”, se dijo a sí mismo como si rezara.
-        Ya sabía yo que algún día te iba a agarrar comprando comida. Espero que por lo menos no sea carne y menos entraña- le soltó el vecino, con más simpatía que malicia. 
      
  Es que invite a cenar a una amiga y no me atrevo a cocinar para otra persona- fue lo primero que se le ocurrió. ¿Qué le iba a decir? ¿Qué una mujer hecha toda de agua y pintura amarilla no me deja cocinar?”, se justifico.
       La carne era entraña, la carne mas livianita que se  encuentra en el menú. Puso los cubiertos en la mesa como si en vez de ansiedad tuviera invitados. En una rápida incursión al territorio del pequeño bar le quitó el corcho a una botella de Cabernet Sauvignon  y se sirvió una copa, cantidad precisa que le recomendó el cardiólogo, recomendaciones que él no seguía. Terminó de cenar con la esperanza de que ella se hubiera ido a dormir. Pero no, ahí estaba, tan tranquila como cuando la descubrió. Y tan hermosa. Mejor irse a la cama porque desde la pubertad creía que a las mujeres les cae bien un poco de indiferencia.
Se quitó la ropa del día, se lavó los dientes y a la mitad del pasillo reprimió el repentino impulso de desearle las buenas noches.
A la una y veinte seguía tan despierto como cuando se metió entre las sábanas y empezó a resignarse a que esa noche no estaba solo. ¿Cómo se llamaría? De ninguna manera podía ser María José, aunque vivía en las alturas, tampoco Cindy, aunque tenia pinta de modelo no le quedaría bien el pelo rubio. Quizá Adriana, quizá Elizabeth, quizá Beatriz, quizá Laura. Después de todo podía levantarse y preguntarle pero temió un silencio descascarado por respuesta. Mejor llamarla Eva, eso es, Eva como la mujer del paraíso perdido. Siempre soñó con enamorarse de una Eva, que tuviera el cabello largo y los ojos color canela. ¿Lo estaría esperando ahí arriba?
A las tres de la madrugada Adriano Charpentier admitió que se había enamorado perdidamente, era un insomne feliz.  Sabía que era definitivo como todas las cosas de su vida que empezaron de repente. No le hacía falta saber más, pero el hecho de haberse dormido sin mirar el reloj en el último segundo de conciencia fue una prueba irrefutable.
Cuando despertó tuvo que esperar un buen rato hasta que pudo hacer la llamada.
Sabía que era difícil, pero había estado pensando como disculparse con los “Chávez-Castillo Construcciones”. 
-           Si, ya sé que los llamé ayer para acordar una visita, si. También sé que los traté mal  porque estaba apurado. No señor, no me olvido que les dije que era urgente, que el techo se me iba a caer a pedazos. Pero compréndanme, señor. Lo consulte con mi mujer y por ahora Eva no quiere reformas.  
                          Arturo Ruiz-Sánchez/PEDAZOS DE TIEMPO.